Los evangelios, libros que narran los hechos de la vida de Jesús, no revelan muchos detalles relacionados con la niñez ni la juventud de nuestro Señor Jesucristo.
SÓLO DOS PASAJES.- El evangelio de Mateo hace mención del niño en tres pasajes, al narrar su nacimiento, durante la visita de los magos, y durante la matanza de los niños por parte de Herodes, pero sin entrar en explicaciones de su infancia ni de su adolescencia. Solamente Lucas es quien arroja breves detalles sobre su niñez y juventud en dos pasajes del segundo capítulo de su libro. Hubiera sido interesante y deleitoso, sin duda, si se pudiera leer vivencias, anécdotas y peripecias de los primeros treinta años de la vida del Hijo de Dios en su paso por la tierra, lecturas que hubieran sido interminables si se parte del testimonio del apóstol Juan en el último versículo de su evangelio, que dice: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25).
LO NECESARIO Y SUFICIENTE.- Sin embargo, aunque no se aportan detalles, puede decirse que ni la niñez, ni la juventud de Cristo quedaron ocultas. Al evangelista Lucas le cupo el privilegio de recibir la inspiración de Dios para escribir lo necesario y suficiente sobre ambos temas: Un valioso y breve verso que da cuenta de cómo fue su niñez, e igualmente otro sobre cómo transcurrió su juventud y su adultez, previo a la gran obra que realizó a partir de su bautismo en el Jordán.
En la dedicatoria del tercer libro de los evangelios, Lucas dice haber “investigado con diligencia todas las cosas desde su origen” (Lucas 1:3). Exégetas bíblicos creen entonces la posibilidad de que él pudo haber recabado informaciones sobre la vida de Jesús directamente de parte de su madre María. Nadie, solo él, aporta luz sobre la niñez y la juventud del Hijo de Dios.
Lo que se necesita saber de la niñez de Jesús
Después de narrar la primera actividad de la etapa pos natal del niño Jesús, es decir, su presentación en el templo a los ocho días de nacido, cuando lo circuncidaron y le pusieron su nombre conforme a lo prescripto en la ley del Señor, Lucas termina dicho pasaje diciendo que José y María retornaron con el niño a su ciudad de Nazaret. Acto seguido escribió el siguiente versículo, que además de necesario, es suficiente para comprender cómo fue la niñez del Señor: “Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lucas 2:40).
Puede verse a groso modo cómo con pocas palabras Lucas bosqueja de la vida del Hijo de Dios lo que fue su infancia o niñez, términos aplicados a los seres humanos que transitan la fase de desarrollo comprendida entre el nacimiento y la pubertad. No olviden que estamos hablando de Jesús, perfectamente humano y plenamente divino. Pocas veces se ha escrito un texto de contadas palabras y al mismo tiempo tan ilustrativo y contundente. En el mismo se manifiesta cómo desde su temprana edad se evidenciaban los atributos de inmaculada perfección del Señor. Esto era necesario para que se cumpliesen las Escrituras en cuanto al Cordero de Dios, el cual debía ser sin defecto, “… como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).
Los tres elementos claves del perfil perfecto del niño Jesús
El perfil que el tercer Evangelio traza a través de este resumido texto de la personalidad del divino Hijo de Dios, resalta la perfección completa que habitaba en todo su humano ser, es decir, cuerpo, alma y Espíritu, de lo cual nos habla 1 Tesalonicenses 5:23 “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Podemos ver que en la niñez de Jesús se destacaron los elementos esenciales del desarrollo de la humanidad perfecta del Verbo Encarnado:
El primero está relacionado con su cuerpo: Crecimiento-fortaleza.
El segundo con su alma: Sabiduría.
El tercero con su Espíritu: Gracia.
“Y el niño crecía y se fortalecía”
El crecimiento y la fortaleza de la humanidad de Jesús eran la obra del Espíritu que estaba sobre Él teniendo como instrumentos idóneos a sus padres terrenales cuyo deber era administrar en el niño la provisión, la protección, y el recreo sano, siempre conforme a los valores establecidos por el verdadero Padre. Cuando se lee que Jesús crecía y se fortalecía, debe imaginarse además a un niño educándose, entrenándose y preparándose para saber afrontar las dificultades, poder resistir las frustraciones, y poder valerse por sí mismo mientras se es obediente y disciplinado. Debe figurarse a un niño manso, pero constante, capaz de resistir los impulsos, soportar dolores, y dominar la fatiga.
Obsérvese bien, que siendo la sabiduría y la gracia superiores al cuerpo-materia en el orden espiritual, sin embargo el evangelista Lucas destaca primero el crecimiento y la fortaleza del niño Jesús. Es comprensible que en Aquel en quien estaba cifrada la esperanza de salvación del hombre, su humanidad debía estar crecida, fuerte y sana primero a fin de que ésta pudiera ser entonces recipiente idóneo y perfecto para lo segundo. Debe recordarse que Dios creó el hábitat antes que al hombre (Génesis 1:3-25), y de éste hizo primero su cuerpo (Génesis 2:7a) que soplar en él de su aliento de vida (Génesis 2:7b).
El niño “se llenaba de sabiduría”
El niño se llenaba de sabiduría, lo cual es excelente don del Padre, de cuya boca viene el conocimiento y la inteligencia (Proverbios 2:6). Tal sabiduría se pondría en evidencia en su pubertad, doce años más tarde, cuando Jesús fue encontrado por sus padres terrenales en el templo “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles” (Lucas 2:46).
Su respuesta a José y a María su madre por medio de dos preguntas, ¿por qué me buscabais? y ¿no sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?, revelan cómo un año antes de que le asistiera el deber de observar las fiestas pascuales -según tradiciones judías a los varones les asistía el deber de observar las fiestas a los 13 años- el niño Jesús ya era consciente de que Él era el Hijo de Dios y, por ende, tenía la convicción del plan salvador que le correspondía emprender, y en el cual le era necesario estar.
“Y la gracia de Dios era sobre él”
Ese mismo pasaje del “Niño Jesús en el templo” ilustra esta parte de la Reflexión arrojando la suficiente y necesaria luz para poder visualizar cuán abundante gracia era sobre el Hijo de Dios. La empatía para conectar con la gente, su cautivante carisma y la humildad de su corazón fueron obvias en dicho pasaje.
1) EMPATÍA.- Ya el niño hacia demostración de su capacidad cognitiva para relacionarse con personas mayores, y de la más alta autoridad espiritual y social de Jerusalén. Sólo la gracia que es del Espíritu haría posible la empatía de encuentros largos de conversación, consultas y respuestas de un desconocido niño con unos ancianos expertos doctores de la ley.
2) CARISMA.- Llama la atención el carisma que irradiaba Jesús quien al hablar cautivaba a los doctores de la ley motivando que se maravillaran de su inteligencia y de sus respuestas, cuando debió haber sido lo contrario.
Y 3) HUMILDAD.- Solamente a los humildes es que llega la gracia de Dios y ambos dones eran parte del carácter del niño Jesús (Proverbios 3:34, Santiago 4:6). Por eso, aquél que fue humilde al nacer en un pesebre; que ya adulto sería humilde en su humildad cuando dijo “llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…” (Mateo 11:29); aquél que les dijo a sus discípulos “yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22:27); que se sometió a la voluntad de Dios “he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envío” (Juan 6:38); que les lavó los pies a sus discípulos; y que aun siendo aclamado como rey hizo su entrada en Jerusalén en un burrito. Ese que aceptó la voluntad del Padre celestial hasta la muerte, y muerte de cruz, también como niño dejó su testimonio de humildad y sujeción ante sus padres terrenales, conforme a como escribió Lucas: “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…” (Lucas 2:51).
Lo que se necesita saber de la juventud de Jesús“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).
Este pasaje narra la ocasión cuando José y la madre del niño lo encontraron en el templo sentado en medio de los doctores de la ley. En el verso final del fragmento bíblico Lucas procura describir con menos de veinte palabras cómo transcurrió la vida de Jesús desde sus doce años de edad hasta alcanzar su edad de adulto. Lucas, nueva vez, se vale de la acción del verbo crecer para hilvanar sus ideas inspiradas de lo Alto y describirnos sucintamente el crecimiento integral de la mocedad del Hijo de Dios en la tierra, mencionando ahora la sabiduría en primer lugar.
Aunque los padres terrenales de Jesús eran imperfectos por su naturaleza humana, se supone que hubo por parte de ellos la contribución valiosa de un sano hábitat familiar para el niño, además de su mostrado ejemplo ante él del apego y dedicación en el cumplimiento de la ley y los reglamentos que consagró Jehová Dios para su pueblo. Esto se comprueba con otra declaración de Lucas en la cual escribió de José y María que: “Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua” (Lucas 2:41). Ese momento mostrará a un infante de 12 años con el carácter propio de una persona que ha superado las tres etapas normales de madurez de los niños, me refiero al saber hablar, pensar y juzgar apropiadamente “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:11).
Magistralmente y, como todo un médico, Lucas traza la vida de Jesús por medio de su escrito, en dos etapas
1) Desde los ocho días de nacido, el niño (dice: niño) (Lucas 2:40) “crecía, se fortalecía, y se llenaba de sabiduría “la gracia de Dios era sobre él”, hasta su pubertad (a los doce años) en que aparece en el templo, crecido, fortalecido y lleno de gracia, donde ya estaba inmerso en los negocios (entiéndase planes-Misión) de su Padre (Lucas 2:46, 47, 49).
Y 2) Desde esa aparición en el templo, donde se “entrenaba”, creciendo ahora ya no en fuerza (porque estaba fuerte, ya era capaz de valerse por sí mismo), más bien creciendo en sabiduría, en estatura (exactamente iniciaba la etapa del alcance de estatura definitivo como adulto), y ahora, lleno de gracia, crecía en ella para con Dios y los hombres, apuntando a su gran obra redentora que culminaría en la cruz, glorificando al Padre y bendiciendo a la humanidad con su Redención.
Si la inspiración divina no hubiera impulsado la perspicacia de Lucas para que investigara y escribiera su evangelio, la respuesta a la interrogante de cómo fue la infancia y la juventud de Jesús estaría hoy sumida en el desconocimiento total. ¡Qué milagro maravilloso el ingenio del médico escritor de condensar el relato de los primeros doce años de la vida del Hijo de Dios en tan pocos versos.
LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS
Pero más allá de la trascendencia e interés que suscitarían esos hechos y experiencias de su infancia y mocedad, si hubieran sido revelados, debe entenderse que todo lo que de Jesús se dijo y fue escrito en la antigüedad obró y obra dentro del plan del Padre, porque lo que Dios anunció sobre el Hijo a través de los profetas, y más tarde revelado a Zacarías, a José y a María por medio del ángel, hacia donde apuntaba no era a los asuntos de su vida infantil y juvenil, sino a los grandes y decisivos acontecimientos que ocurrieron durante los últimos tres años de su vida, es decir, a los treinta años de edad (Lucas 3:23) “Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí” (Lucas 3:23). Fue al final de esos tres años cuando ocurrió la consumación de los siglos. “… pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26).
Los significados de sus nombres guardan estrecha relación con el resultado de la obra de su Misión:
1) MANIFESTACIÓN DE LA OBRA DE JESÚS, EL PODEROSO SALVADOR.- “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).
Fue en esos tres años cuando se manifestó el poder de Jesús, nombre sobre todo nombre, que estampó y expresó la verdadera razón de su gran misión, la redención de la humanidad.
2) EMMANUEL MOSTRÓ EL ROSTRO DE DIOS.- “… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…” (Juan 14:9).
Fue el tiempo en que se manifestó Emmanuel (Mateo 1:23), el Verbo Encarnado, quien moró humanamente en la tierra en medio de los hombres. Emmanuel fue la “imagen del Dios invisible” de la que habló Pablo a los colosenses (Colosenses 1:15); ese fue el que se identificó con los gentiles del Norte por quienes también fue llamado “el galileo” (Mateo 26:69). Fue Emmanuel el que mostró a Dios a través del humilde Carpintero de Nazaret haciendo milagros entre los pobres, sanando enfermos, limpiando leprosos; el que resaltó una pobre viuda que ofrendó al Señor la única moneda que tenía. Ese fue el tiempo del buen samaritano quien con su bondad y, movido a misericordia, mostró mejor el verdadero rostro de Dios que los religiosos de esa época.
Y 3) HORA DEL MESÍAS, EL CRISTO, CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO.- Toda la obra y el sacrificio que el Señor Jesús hizo por la humanidad, que tuvo como escenario cumbre el tronco de un árbol clavado en el Calvario, los ejecutó en el tiempo que el libro de Hebreos llama la consumación de los siglos, momento profetizado y cumplido cuando se presentó una vez y por siempre, para quitar el pecado. Fue allí entonces cuando ocurrió su muerte vicaria y victoriosa en la cruz para salvar del mal a la humanidad perdida. “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30).
Esos fueron también los tiempos de su resurrección gloriosa, y su importante anuncio declarando haber llegado la hora “cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23).
¡Bendiciones de lo Alto!
Moisés Rosario
Juventud - Niñez de Jesús, y la Consumación de los Siglos
Octubre 21, 2014