Al analizar la vida de Jesús puede encontrarse una correlación estrecha entre:
1) Su esencia, es decir, el Espíritu Santo y su humanidad perfecta que cohabitaron en Él con todos sus atributos.
“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.…” (Colosenses 2:9).
2) La “agenda” que era a la vez el Plan de Dios anunciado con ochocientos años de antelación en Isaías 61:1.
Jehová "…me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel" (Isaías 61:1).
3) Su desarrollada Misión, proclamada en Lucas 4:18, que produjo sus milagros y demás hechos, sus enseñanzas, y todas las cosas que mandó a guardar (Mateo 28:20), muchas de ellas escritas en los evangelios y demás libros del Nuevo Testamento.
“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18).
“Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…” (Mateo 28:20a).
4) Y la Gran Comisión que les dejó a los creyentes para que la cumplan (Mateo 28:19).
… id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).
JESÚS: SU NATURALEZA Y ESENCIA
Para destacar la esencia y naturaleza de Jesús es muy significativo lo que Juan escribió del Señor y que lo dicho proviniera precisamente de él. Si bien fue el más joven de los doce apóstoles, él fue el último de ellos en morir (alrededor de los años 100-101), unos setenta después de la Ascensión de nuestro Señor Jesús a los cielos. Él además escribió su Evangelio después que los restantes libros de Mateo, Marcos y Lucas; el suyo se distingue porque trata los asuntos más profundos de la naturaleza y vida, dichos y hechos del Maestro, llegando a presentar a Jesús como el “unigénito” Hijo de Dios (Juan 3:16). Juan conformó el dilecto grupo de discípulos que acompañó a Jesús en momentos especiales, siendo testigo privilegiado de muchos milagros del Señor. Él ha sido identificado con el discípulo que Jesús amaba y que se recostaba sobre su hombro. Fue el único de los doce que estuvo presente en el aciago momento de la crucifixión en que los demás huyeron, y cuando, a petición del Mártir del Calvario, quedó a cargo del cuidado de su madre, María. A lo largo de los siglos a Juan se le ha atribuido una gran madurez espiritual y ser el más agudo en el conocimiento del Señor. Su testimonio sobre Jesús es altamente valioso, por cuanto la calidad de su versión y la cercanía con María hacen de él un autorizado referente. Por ejemplo, al introducir su obra maestra, el Evangelio de Juan, el apóstol escribió algo contundente y único para destacar la naturaleza y esencia de Jesucristo:
El Verbo hecho carne
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3).
Ese Verbo hecho carne del que escribió Juan, era el sobrenombre Emmanuel, “Dios con nosotros”, con el cual llamarían a Jesús, el Hijo de Dios, conforme a lo dicho por un ángel del Señor que le apareció a José en sueño, para indicar la presencia divina en el ser que iba a nacer. (NACIMIENTO DE JESÚS: Mateo 1:20-25).
(NACIMIENTO DE JESÚS: Mateo 1:20-25)
“Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS”.
Emmanuel significaba y hoy significa que Jesús mostraría a Dios al mundo en forma visible y tangible, y vívidamente daría a conocer la naturaleza divina y los propósitos de Dios para con la humanidad. Cuando los pueblos paganos de la antigüedad sólo conocían a dioses implacables y temibles; cuando el pueblo de Israel creía a Jehová como un dios inaccesible, intocable, implacable e inapelable, Jesús, Emmanuel, les mostraba con su poder, sabiduría y gracia, al verdadero Dios, lleno en misericordia, que ama al hombre infinitamente, y que es accesible y alcanzable por vía de Él, tocando y sanando con sus manos. El Verbo del cielo, Emmanuel, había estado presente a través de los profetas, pero fue rechazado por el pueblo de Israel al cual venía a guiar. Ahora, en forma perfecta, tomaba cuerpo en Jesús con palabras de salvación y vida nueva.
El Verbo encarnado, Jesús, presenta con su vida santa el perfil y la personalidad divina del Hijo de Dios, y promueve en nosotros, su pueblo, a buscar la perfección completa que habitaba en su humano ser, es decir, cuerpo, alma y Espíritu, de lo cual nos habla 1 Tesalonicenses 5:23 “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).
El Hijo del Hombre era perfecto porque en él cohabitaba el Hijo de Dios, quien era depositario de la naturaleza perfecta del Padre. La perfección resalta en Jesucristo en quien reposó “el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”, lo cual fue profetizado en (Isaías 11:2); y más breve y categóricamente cuando Jehová dijo: “…he puesto sobre él mi Espíritu…” Isaías 42:1). Sólo el Hijo de Dios, Jesús, pudo recibir de lo Alto tan sublime encargo de salvar a la humanidad perdida, y sólo el Hijo del Hombre, humanamente perfecto, podía cumplir en la tierra tan incomparable Misión Salvadora.
Ahora bien, debe entenderse correctamente que el propósito de la Misión Salvadora de Jesús no era ni es enviar a los creyentes derechito al cielo o eternidad, sino sobre todo que como nuevas criaturas, regeneradas y justas, primero -aquí en la tierra- deberán dar buenos frutos, impactando positiva y transformadoramente con sus vidas, sus dichos y hechos, donde quiera que estén. La salvación no es sólo un sentimiento, es una muestra permanente y constante de amor; es acción y vida nueva generadora de bondad. El hombre nuevo y la mujer nueva deberán producir a su alrededor, con su presencia y vida, el impacto positivo y transformador que generó el Hijo de Dios al cumplir su Misión en la tierra. No se llega al cielo sólo con decir “yo creo”, es necesaria también la obra que produce el creer, porque “la fe sin obra es muerta” (Santiago 2:14-17). Se es perfecto cuando se alcanza sentir y pensar de la misma manera pura y recta en que se dice y hace. Quien actúe así es parte genuina del Cuerpo de Cristo y, por ende, del Reino de Dios.
La fe sin obras es muerta
“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”. (Santiago 2:14-17).
Jesucristo no bajó del cielo porque su Padre que lo envió necesitaba que enviara allá seres buenos, sino que vino de lo Alto (como patrón o molde) para mostrar y multiplicar aquí al hombre perfecto, la imagen de Dios, que debe llenar la tierra de vida, luz y paz. Aspiremos alcanzar, aunque sea un poco, de la perfección de Jesús, no para orgullo ni vanagloria, sino para bendición de otros.
AGENDA Y MISIÓN
Veamos la consonancia entre lo que de Jesús se profetizó, lo cual representaba el Plan de Dios Padre y sería la agenda del Hijo para su Misión: Que tendría “el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Isaías 11:2). Y también lo que se dijo de Él por lo que hizo y mostró con su vida y Obra:
1) en el cántico del Cordero:
“…Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos” (Apocalipsis 15:3).
2) Y uno de los testimoniales más contundentes de Pablo sobre la imagen de Dios en Jesús:
“El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.…” (Colosenses 1:15).
En cada detalle de su vida Jesús cumplió a plenitud la “Agenda” o Plan trazado por el Padre como propósito de su Misión en la tierra. Dejó como prueba de ello la excelsa obra evangélica de sus hechos y dichos y su incomparable testimonio de verdad; y, como enseñanza, la importancia de que se cumpla toda justicia, la terrenal y la divina. Por ello en Jesús, el Hijo de Dios, hubo humanidad perfecta.
No hay hombre perfecto fuera del hombre justo. El apóstol Pablo llegó a decir que no se puede ser perfecto en la tierra sin alcanzar la medida de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13).
“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).
En la perfección de Jesús estuvo su grandeza profetizada también en Isaías 9:6b “se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de paz”. Esto fue cumplido en Él, quien es Admirable, por su maravilloso e incomparable amor del que proviene su misericordia; Dios fuerte, que pudo vencer al maligno y a la muerte en la cruz del Calvario; Padre Eterno, en virtud de su testimonio de que el Padre está en él, y nos lo dio a conocer; y es el Rey entre los reyes y Señor en las naciones.
El pliego de prioridades del Mesías, que anunció Isaías y que fueron proclamadas y cumplidas por Jesús a través de sus milagros y demás hechos, es un testimonio de la fidelidad del Hijo para con la voluntad del Padre que lo envió.
De igual manera el cumplimiento de la Gran Comisión por parte de nosotros los creyentes en Jesús es y será muestra de la fidelidad de nosotros para con nuestro Señor quien nos ha salvado, escogido y enviado.
LA GRAN COMISIÓN
La Gran Comisión no fue un hecho más de los tantos e interesantes que generó la presencia impactante del Hijo de Dios en la tierra. Fue en realidad un acontecimiento trascendental.
¿QUÉ DICEN LAS ESCRITURAS SOBRE LA GRAN COMISIÓN?
Ocurrió durante el último encuentro del Señor con sus discípulos, según lo atestigua el segundo evangelio. Llama singular atención el hecho de que en ese especial momento escogido por Jesús para despedirse físicamente y comisionar a sus discípulos lo ocupara también para prometerles acompañarlos hasta el fin del mundo. Eso indica que el Salvador vino a la vida de nosotros los creyentes para ser nuestro amigo y compañía fiel en su Reino y hasta la eternidad.
“Finalmente se apareció a los once mismos…” (Marcos 16:14a).
“yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20b).
Y ese encuentro tenía que ser donde Él lo había previsto antes de su muerte, en Galilea. Galilea, al norte de Israel, era un lugar muy significativo para todo el grupo que se activó alrededor del liderazgo de Jesús. En esa región él creció y desarrolló la mayor parte de su ministerio. De ella procedían y también conoció a todos los apóstoles, excepto a Judas. Durante mucho tiempo la población de Galilea había esperado con fervor la llegada del Mesías.
“Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea” (Mateo 26:32).
En el Evangelio del apóstol Mateo la Gran Comisión figura como el broche de oro de la obra testimonial de Jesús, ocupando los tres últimos versículos de su libro.
En ese relato la expresión del Señor “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” es su más contundente y firme declaración después de vencer la muerte con su Resurrección gloriosa y aparecérseles a sus discípulos; fue una señal de victoria de Jesucristo que acababa de vencer al príncipe del mal, y la indicación más clara de su entronización como el Príncipe de Paz.
DUDA, REPROCHES Y PRUEBAS FEHACIENTES DE LA RESURRECCIÓN
En este último encuentro del Señor con los apóstoles, tiempo preciso para delegar responsabilidades y poner la Misión en manos de ellos como base de la Iglesia, era necesario que ningún punto del Plan quedara flojo en lo referente a la resucitación de los muertos, y menos sobre su Resurrección. Marcos, por ejemplo, destaca el reproche de Jesucristo a sus discípulos ante la incredulidad y dureza de corazón de ellos porque no habían creído a los que dieron testimonio de su resurrección (Marcos 16:14b).
“… les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado” (Marcos 16:14b).
Es de suponer que el Señor conocía las pretensiones del maligno de poner en duda su Resurrección para, desde luego, restarle mérito a su autoridad y entronización gloriosa. Es entonces en este punto en que el libro de Lucas relata el interés de Jesucristo por alcanzar la convicción de sus discípulos sobre este hecho al exponer sus manos y pies para el escrutinio de ellos. Se entiende que el Señor no delegaría tan importante misión para la humanidad en misioneros que dudaran, porque una misión que se levanta en medio de dudas, es de por sí misión derrotada; porque al cielo no se llega dudando, sino creyendo.
“Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel” (Lucas 24:37-42).
El primero de los tres últimos temas del evangelio de Lucas (antes del anuncio de la promesa del Espíritu Santo y de la Ascensión de Jesús al Cielo) arroja gran luz para comprobar que verdaderamente la fe en los discípulos quedó bien cimentada y que fueron merecedores de la confianza del Señor para ser comisionados. Es a la vez un resumen del Plan que sobre la vida de Jesús había sido profetizado. Veamos:
“Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:45-47).
¿DE QUÉ SE TRATA LA GRAN COMISIÓN?
Habiendo el Señor cumplido:
1) La Salvación de la humanidad y la Consumación de los Siglos, muriendo en la cruz del Calvario, sacrificándose a sí mismo una vez y para siempre para que no haya más sacrificios por los pecados.
“… pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26).
“… Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30).
2) Habiendo mostrado la verdadera imagen del Padre, Dios Todopoderoso, grande en amor y misericordia.
“… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…” (Juan 14:9)
3) Sólo faltaba este eslabón clave que le diera continuidad a su establecido Reino, cuya base era conformada por los testigos directos de su maravillosa obra: La Iglesia.
“… y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lucas 24:48).
Era hora de ascender al cielo y estar a la diestra de Dios Padre para desde allí gobernar al mundo con poder y gloria. Por lo tanto era el tiempo de la Iglesia, instrumento inherente de su Reino, la cual sería instaurada formalmente con el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés.
Hoy su Cuerpo es visible por medio de nosotros los creyentes que conformamos su Reino de amor y paz.
Debemos entender y asumir al leer la Orden dada en la Gran Comisión que ésta es exactamente la continuación y extensión de la misma Misión que nuestro Señor Jesucristo recibió del Padre. Entonces, para tener éxito en la misión de “hacer discípulos en las naciones” y ensanchar ese Reino de amor, paz y justicia, debemos procurar alcanzar la plenitud de la perfección de Cristo y el cumplimiento de toda justicia, como Él hizo ante el Padre que lo comisionó.
Es por ello que decimos como el apóstol Pablo: “Los creyentes deben ser perfeccionados para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12).
Porque la perfección es la más elevada meta de lo humano. Perfección no sólo es ausencia de pecado; es además fidelidad y obediencia a quien perfecciona, ya que ésta sólo es posible a través de Jesucristo. Pero recordemos que en Jesucristo nos perfeccionamos cuando de buena voluntad nos gloriamos en las debilidades para que repose sobre nosotros su poder (2 Corintios 12:9).
Debemos entender y asumir al leer la Orden dada en la Gran Comisión que ésta es exactamente la continuación y extensión de la misma Misión que nuestro Señor Jesucristo recibió del Padre. Por lo tanto para tener éxito en la misión de “hacer discípulos en las naciones” y ensanchar el Reino de amor, paz y justicia establecido por el Señor debemos procurar alcanzar la plenitud de Su perfección y el cumplimiento de toda justicia, como Él hizo ante el Padre que lo comisionó.
Por lo tanto, decimos con el apóstol Pablo: “Los creyentes deben ser perfeccionados para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12).
La perfección es la más elevada meta de lo humano. Perfección no sólo es ausencia de pecado; es además fidelidad y obediencia a quien perfecciona, porque ésta sólo es posible a través de Jesucristo. Pero recordemos que en Jesucristo nos perfeccionamos cuando de buena gana nos gloriamos en las debilidades para que repose sobre nosotros su poder (2 Corintios 12:9).
“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.” (2 Corintios 12:9).
“Id, haced discípulos a las naciones…
Una de las características distintivas de nuestra misión evangélica desde su fundación es su apego fiel en el cumplimiento del mandato de Jesucristo sobre la Gran Comisión, resumida en la conocida frase:
¡ID HACED DISCÍPULOS!
A lo largo de los años, quien esto escribe y muchos de nuestros hermanos del cuerpo de pastores y líderes de nuestra Asociación, hemos tomado muy en serio el significado de los dos verbos envueltos en el Mandato de Dios de la Gran Comisión. Es por ello que hemos obedecido fielmente en:
1) La acción decidida de “IR”.
2) Y en la gestión ferviente de “HACER” los propósitos de su Comisión: ¡LLEVARLES BUENAS NUEVAS A LOS POBRES!
CONTEXTO
Las hermosas y algunas duras palabras de Dios a través de Isaías, cuyo nombre significa “Dios salva”, brotaron en tiempos en que la gente usaba su poder y privilegios para explotar aún más a los pobres. “¿Qué pensáis vosotros que majáis mi pueblo y moléis las caras de los pobres? dice el Señor, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 3:15). Era gente falsa que decía ayunar, mientras oprimía a sus trabajadores.
Lo más digno del profeta Isaías fue el hecho de que desenvolviéndose éste en medio de las cortes de Judá, en los tiempos de los reyes Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías, ese sitial privilegiado no encumbró su corazón pero sí su voz que se mantuvo alzada, clamando por los más humildes, y anunciando la construcción de un mundo de amor y paz en que predominara la justicia. Por eso fue el profeta a quien Dios más usó de canal para anunciar el advenimiento del Mesías, el Príncipe de paz, y su evangelio a los pobres y sufridos.
Siempre por medio de su Palabra y de nuestras manos extendidas obramos para que el Espíritu Santo produzca los cambios espirituales y materiales en las vidas de los necesitados de la misericordia de Dios en el cumplimiento de su “agenda” anunciada por Lucas 4:18 “sanar a los quebrantados de corazón, pregonar libertad a los cautivos, vista a los ciegos, y poner en libertad a los oprimidos”.
Jesucristo comenzó su evangelio usando como guión el encargo, la lista de prioridades que le dio su Padre que lo envió a la tierra. Esa “Agenda” divina que había sido anunciada por Isaías luego fue proclamada por Él en la apertura de su ministerio (Lucas 4:18). Una vez cumplida la encomienda recibida, y antes de ascender al cielo de donde había venido, nuestro Señor y Salvador nos dejó su Gran Comisión, y con ella, su propia “agenda” y Misión para que nosotros, todos sus creyentes y misioneros en el mundo, la continuemos y ensanchemos.
¿Cómo podemos nosotros, el Cuerpo de Cristo, en quienes el Señor delegó su Misión,
cumplir a cabalidad lo que Jesús hizo ayer, y hacerlo igual como cumplió lo que la profecía decía de Él?
CUANDO Y DONDE HAYA NECESIDAD, CABE LA MISIÓN.- A pesar de las extremas diferencias de contextos entre esta época en que vivimos y la de Isaías algo luce similar entre el comportamiento de la mayoría de la población de Israel y Judá en los tiempos del profeta (unos ocho siglos antes de Cristo), y el de los no creyentes y la mayoría de “creyentes” en Jesús de este siglo XXI. Sus palabras proféticas siguen teniendo vigencia en estos días.
Los tiempos y las circunstancias han cambiado, pero las desigualdades y penas que el pecado de los hombres genera siguen su agitado curso. Si la profecía anunció el advenimiento de Jesús, y Éste cumplió la profecía y delegó en nosotros la continuación de su Misión para que la extendamos, es porque Dios sigue su plan, y nosotros debemos continuarlo como Él, haciendo que se cumpla toda justicia.
El Plan de Dios que Isaías profetizó
Fue el mismo que Jesucristo cumplió
E igual el que la Iglesia debe seguir
Hasta que el Señor vuelva.
“El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí,
Porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar:
1) Buenas nuevas a los abatidos
-Con la Palabra de su Evangelio vivificante.
2) A vendar a los quebrantados de corazón.
-Con la consolación amorosa y llena de la gracia de su Espíritu.
3) A publicar libertad a los cautivos y a los presos apertura de la cárcel. A publicar:
A) Libertad a los cautivos
B) Y a los presos apertura de la cárcel.
Allá en el Gólgota, y desde el tronco de su cruz como púlpito, Jesucristo dijo su proclama contra el mal y el maligno, derramó su sangre como ofrenda, y tuvo su muerte sacrificial, victoriosa y redentora.
El señor enseñó con el ejemplo. Cuando les predicó a los ciegos, también les dio la vista; cuando tuvo que decir levántate y camina, también supo dar su mano y levantar. Por eso, no sólo salvó, sino que también curó y dio de comer. Porque si el alma es un don de Dios, que vino de su aliento, también lo es el cuerpo, que Él hizo con sus manos.
La iglesia que el Señor estableció, la del Primer Siglo, es la que Él diseño con su ejemplo, la que dice y hace; y la que predica y vive. Porque fuimos llamados a predicar buenas nuevas a los abatidos con nuestros labios; y a vendar a los quebrantados de corazón, con nuestras manos, también. A publicar (proclamar) libertad a los cautivos, y con las oraciones y la vida, también liberar.
Qué hermoso es decir te amo, y abrazar:
Luchar contra el hambre, dando de comer.
La obra salvadora, transformadora y liberadora de Jesús era y es la del Espíritu Santo que estaba sobre él. Es una obra enteramente espiritual, pero -¡cuidado!- sin dejar lo demás, pues la Palabra dice que el Espíritu todo lo transforma y santifica: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo…” (1 Tesalonicenses 5:23).
Vayamos pues con la Palabra de vida y con el ejemplo de amor, cada día, en todo lugar, con grandes y pequeños detalles, a construir el mundo de paz, el Reino de Dios, del Príncipe de paz, nuestro Señor Jesús.
Y concluyo esta Reflexión con el mismo profeta Isaías:
“Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas,
del que anuncia la paz,
del que trae nuevas del bien,
del que publica salvación,
del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!”
(Isaías 52:7).
¡Bendiciones!
Moisés Rosario
Jesucristo:
Su esencia, Plan, Agenda, Misión, Gran Comisión
Por Moisés Rosario
Junio 3, 2015-06-03