¡QUÉ HERMOSA Y DIGNA ES LA MARCA O ESTAMPA DE LA FE!
Marca es la característica que distingue un objeto (o cosa) de otros. La marca de la fe, la marca de los santos, que debe verse para testimonio porque es dada para mostrarse, sirve para distinguir las cosas que vienen del Espíritu (Gálatas 6:17).
La llevamos en nuestros cuerpos cuando sufrimos, como el apóstol Pablo y otros discípulos del Señor durante el primer siglo, por la causa del Reino. Presentamos también la estampa de la fe viva y radiante cuando mostramos cada día el entusiasmo, el gozo y la paz, características propias de una vida nueva y victoriosa.
1) La primera marca del cristiano es interna, y ésta es su convicción firme de que es una nueva criatura por medio de la fe en Jesús. Es una marca general que Jesús ha dado a los conversos, a los que le han aceptado como su Señor y Salvador, cuando dice: “… A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
La potestad de ser hijo de Dios es una marca intangible, que no se ve, pero trasciende y se siente con autoridad, humildad y entrega; es veraz, y sólo manifiesta su autenticidad mediante los frutos que son propios de un hijo del Altísimo. Esto significa que los que nacen de Dios, siendo verdaderos hijos, no solamente tendrán los privilegios de su estampa, de su semejanza -su ADN-, y su herencia (sobre lo cual muchos están pendientes), sino que, sobre todo, sentirán el anhelo de buscarle, escucharle, obedecerle, y seguirle.
“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19).
2) La segunda marca que parte de la convicción del creyente es la testificación, lo cual le distinguirá a través de su vida piadosa, mostrando con su testimonio cristiano que verdaderamente es salvo por la sangre de Cristo.
Testificación durante el primer discurso de Pedro.
“Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones" (Hechos 2:40-42).
Testificación en la vida de los primeros cristianos.
"Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:40-47).
Esa es la marca de la luz la cual viene de Dios para ser irradiada.
3) La tercera marca que es fruto de la convicción del creyente es su crecimiento espiritual en el conocimiento de la Verdad, y su reproducción “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2).
Para crecer necesitará alimentarse (estudiando y escuchando la Palabra), ejercitarse (con buenas obras y servicio a la causa del Reino), y descanso espiritual (con oración, meditación en la Palabra, y adoración a Dios). ¿De qué le sirve al árbol crecer si no da sombra, ni fruto, ni suelta sus hojas para abonar la tierra? El propósito de nuestro crecimiento, como troncos de la fe, es para que nos multipliquemos llenando la iglesia de los que han de ser salvos. ¡Qué hermosos son los frutos de la fe!
Y 4) Cuando hay convicción de fe es notoria, viva y permanente la victoria en Cristo.
“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4). Por tanto, el creyente tendrá y mostrará una vida victoriosa. Desde luego que la victoria del creyente no es contra carne y sangre, sino contra el pecado y el maligno que lo promueve. “Hijitos, vosotros sois de Dios, y lo habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
RESPECTO DE LOS ESCOGIDOS:
LA MARCA QUE DIOS ESTAMPA EN SUS HIJOS PUEDE SER INTANGIBLE, PERO NECESARIAMENTE VISIBLE
La Marca de la fe que viene de la convicción, enclavada dentro, en el corazón de los verdaderos creyentes, se proyecta intangible pero visible de tal manera que podamos distinguirnos por medio de dones espirituales, valores de integridad e ideales sublimes de amor y bondad. Esta hermosa marca (lo cual es fruto del Espíritu), cuando es tangible, se presenta también como modales y posturas decorosas de nuestros cuerpos y ostentación digna de sus vestiduras.
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23).
En esto pensad:
“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).
La marca de la fe se manifiesta, incluso, a través de la voz, ya que nos damos a conocer como cristianos hasta por nuestra manera de hablar “Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre” (Mateo 26:73).
La perseverancia, por ejemplo, es una marca intangible y a la vez visible que indica, por medio de la paciencia y la firmeza, la presencia del hijo y del Padre en el corazón del creyente.
“…El que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo” (2 Juan 1:9).
HABLEMOS DE CONVICCIÓN Y CONVENCIMIENTO:
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
CONVICCIÓN ¡Soy una nueva criatura!
Dije en uno de los párrafos anteriores que la primera marca del cristiano es interna, y ésta es su convicción firme de que es una nueva criatura por medio de la fe en Jesús.
No hay duda, el que está en Cristo nueva criatura es; y el que ha sido transformado a nueva vida es porque está en Cristo y Cristo en él, pues sólo en Jesús está la vida. Esto es así más por convicción que por certeza o señal.
La convicción es el grado superior de la fe (Hebreos 11:1b); es la fe blindada, la cual no se somete a pruebas ni a señales.
Por tanto, es el estado de la fe cuando la creencia en Jesucristo se asume con seguridad, como doctrina, como ideología, como ideal. Es cuando no sólo el creyente anda en el Espíritu, sino que el Espíritu camina, habla, mira, oye, y decide a través del él. El Espíritu se recrea en el creyente, pues; feliz, como pez en el agua.
El que nace como fruto de la convicción lleva dentro, en lo profundo de su ser, el fuego del Señor que proviene de su Espíritu, y con él, el amor, la sabiduría, la gracia, la paz que es por la justicia de Dios, la pasión, el gozo, la visión, y la luz que desciende de lo Alto. Es que la convicción es una marca a lo interno del verdadero creyente, que por su poderosa luz alumbra a muchos y nunca podrá ocultarse debajo del almud, porque: “No se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa” (Mateo 5:15).
B.- CONVICCIÓN: ¡Las cosas viejas pasaron!
Estampa original y estampa restaurada
ESTAMPA ORIGINAL
A través de la primera pareja, Adán y Eva, Dios nos dio de su estampa formándonos a su imagen y semejanza, pero ésta fue deshecha por la triste caída, a consecuencia del pecado. Esa estampa original fue hecha en Adán y Eva por medio de Jesús “..Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Génesis 1:26); “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:1-4).
ESTAMPA RESTAURADA, Y HECHA NUEVA EN CRISTO
Como fruto de la gracia de Dios vino su maravilloso plan de salvación, brindándonos la oportunidad de redimirnos lo cual tuvo efecto por medio de nuestro arrepentimiento y la aceptación de su oferta sacrificial y gratuita dada por su Hijo Jesús con su sangre derramada en la cruz.
Nueva vez muestra Dios su gran amor por la humanidad. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Después de salvarnos y apartarnos dentro de los suyos, Dios nos va reconstruyendo por medio de su Palabra y, desde luego, por la fe en su Hijo, Jesús.
C.- CONVICCIÓN: Todas las cosas son hechas nuevas
“Nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar” (Marcos 2:22).
El Carpintero Divino que trabaja en nuestras vidas no remienda; Él, más bien, rehace. Y cuando él nos rehace, nos hace nuevo, y a su imagen y semejanza. ¡Aleluya!
LA CONVICCIÓN Y LA IGLESIA
“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Apocalipsis 2:7).
El creyente por convicción lleva consigo la victoria de Cristo sobre el pecado, sobre todo mal y, por ende, sobre el que dirige las cosas de este siglo en decadencia. La convicción de fe que da cuenta del poder y la soberanía de Jesús sobre su Iglesia, como instrumento de su Reino de amor, justicia y paz en la tierra, recae sólo en aquellos que han creído profundamente en el misterio de su muerte redentora y su resurrección gloriosa y están dispuestos a profesarlo.
La convicción sucede cuando la creencia del creyente está sembrada profundamente, en el “tuétano”, “en el disco duro”, allegándose al “ADN”, al corazón mismo del dador de la fe, nuestro Señor Jesús.
Es ese el grado de fe que lleva el morral del creyente que aspira a ser militante del evangelio, del reino de Jesús. Porque en el corazón donde haya convicción de fe, allí debe estar fluyendo la palabra de Dios de manera viva y eficaz, cortante más que cualquiera espada de dos filos; y penetrando hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discerniendo los pensamientos y las intenciones del corazón, como dice el autor de Hebreos 4:12:
“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.
Tal convicción no admite emoción, fanatismo ni duda; más bien denota firmeza y gozo, pero del gozo del que Pablo habló a los filipenses (Filipenses 4:4), el cual es regocijo. Porque la convicción produce gozo (fuego interno), pero esa llama no puede contenerse, sino que brota y se extiende; luego contagia alrededor y más allá, convirtiéndose en regocijo.
La convicción no deja margen a la duda, porque es la fe sembrada en lo más profundo del creyente. No olviden que regocijo no es más que el gozo compartido. El que siente, vive, disfruta, muestra y proclama la convicción de su fe en el Señor Jesús estará seguro de que sólo bastaría su gracia para llegar a la Gloria.
La convicción produce en el creyente el sentimiento, la celebración y recreación interna de aquello, la fe, sobre lo cual está convencido.
La convicción, la que sienten “los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:2) produce el sentimiento, la celebración y recreación interna de aquello sobre lo cual se está convencido. Entonces ya no sólo dicen estamos convencidos de nuestra fe, sino también, sentimos un gozo en nuestras almas porque Cristo nos salvó, es decir, sentimos gozo por nuestra fe.
El que siente convicción anhela vivir primero el Reino en la tierra, porque sabe en verdad que “aquí” es donde el Señor quiere que esté “atando y desatando”, dando testimonio de su fe.
Es el que siente que Jesús lo quiere aquí para que sea parte del Cuerpo -la Iglesia Universal, esa que Él ganó con su muerte en el Calvario “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28), la cual también “amó y por la que se entregó” (Efesios 5:25), para que la construya y expanda “gloriosa, sin arruga, ni cosa semejante, sino santa, sin mancha” (Efesios 5:27), y sin nombres ni títulos rimbombantes que nada suman-, porque la iglesia, y nosotros en ella, es solamente “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).
La fe engendrada por la convicción entiende y comprende al Soberano Jesús, como el Señor del reino del amor en la tierra; pero no de un amor vacío, sino del amor genuino, de ese que va movido más por el dar que por el recibir, del servir más que del ser servido. Un reino que valora los deberes y el cumplir más que los derechos que creemos merecer.
Tal vez venga a colación aquí la frase que John F. Kennedy pronunció en uno de sus grandes discursos: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”. Pero el mayor ejemplo es y seguirá siendo Jesús, de quien Filipenses 2:6 nos dice que: “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”.
El que tiene convicción de su fe en Jesús está llamado a restaurar en la tierra el Reino inicial del que nos habla Génesis capítulo 2, con el "árbol delicioso a la vista, y bueno para comer" al alcance de todos; con Jesús como el Árbol de Vida en el centro, y viviendo -en obediencia- desechando siempre lo que no sea agradable ante los ojos y la autoridad de Dios.
Esto no es utopía ni sueño delirante, pues ya los apóstoles lo experimentaron entre sí durante el Primer Siglo de nuestra era Cristiana.
Todas las cosas en común.
“Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad. Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre, como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles” (Hechos 4:32-37).
Porque más allá de la persecución que ha sufrido la iglesia y la caída de tantos creyentes en las garras del sistema de este siglo, ésta se ha extendido por todo el mundo, con sus altas y sus bajas, y por la gracia de Dios siempre permanecerá el remanente que mantendrá la antorcha de la fe encendida hasta que el Señor vuelva por Segunda Vez.
Todos los creyentes deben procurar alcanzar la milagrosa “convicción de lo que no se ve”. (Hebreos 11:1b). Qué bueno es haber recibido a través de nuestra convicción “las llaves del reino de los cielos -como Pedro-, seguros de que “todo lo que atamos en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatamos en la tierra será desatado en los cielos (Mateo 16:19).
SOBRE EL CONVENCIMIENTO
El convencimiento es la certeza que anima las señales
La Biblia, la Palabra, el Verbo, es la Señal por excelencia que nos indica el Camino y orienta nuestros pasos por los senderos de la fe. Es la luz de la Senda de Dios. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:5). Ésta también enseña (de señal) los principios que Dios ha dispuesto para que los creyentes sigan, vivan, muestren, enseñen, proclamen y promuevan.
Diferencia entre Señal de la cruz y señal de la llaga.- La Señal, que es luz y verdad, es diferente a las señales que son certezas para el convencimiento de la fe. Una cosa es la Señal de la Cruz y otra la señal de la llaga, la del “ver para creer”.
El débil en la fe pide señales, que son signos que delatan, informan o indican un objeto, fenómeno o cosas, incluyendo su cualidad y calidad; el verdadero creyente, el que cree por convicción, ya tiene y cuenta con la Señal del Verbo y la Cruz -la cual es su convicción- clavada en lo profundo de su ser.
Una Cosa es vivir y actuar por convicción y otra por convencimiento. Se tiene convicción de lo que no se ve, excepto por medio del sentido interior, el que es llamado “sexto sentido”: La conciencia. Por su parte, se tiene convencimiento de lo fehaciente, de lo tangible y palpable, de lo audible, de todo lo experimentado o que se tenga experiencia.
Convencimiento es la certeza que muchos necesitan saber para poder transitar la Senda trazada por el Señor y que lo lleva a ser parte de su Reino. En otras palabras: El convencimiento son las señales.
Las señales no son malas en sí mismas, pero qué bueno es saber que nuestra fe no depende de ellas y no tenemos que ver para creer.
Porque cuando nuestra fe es débil, es débil también nuestra visión. Y si en ese estado de debilidad y chuecos de vista se nos presentare el Señor podríamos confundirlo con fantasmas. ¡Cuidado! Ya eso pasó allá atrás, en el primer siglo e, incluso, con los mismos apóstoles, los cuales son hoy nuestros ejemplos.
La convicción incluye el convencimiento, pero no viceversa. “Estoy convencido” significa que se tuvo pruebas o señales de la fe que se siente. Es cuando aún se depende del convencimiento para entender lo que es cierto, es decir, de la certeza. Ese fue el tipo de fe que se engendró en principio en el apóstol Tomás. Yo creo, pero déjame ver, por favor. (Hebreos 11:1a).
Debo aclarar, que cuando digo Reino no me refiero a la Gloria, el estado de perfección donde todos aspiran ir y creen merecer estar y sobre lo cual piensan y sueñan sin cesar. Sino que me refiero a algo hermoso, gozoso, pero muchas veces, por no decir siempre, también sacrificial. Me refiero al Reino cuyo mapa de ruta nos trazó el Señor cuando murió en la cruz. Un Reino no de riquezas, sino de amor, justicia y paz.
Muchos están convencidos de su fe y anhelan llegar a la Gloria, tal vez sin experimentar el deseo y hambre de servirle al Señor en su Reino en la tierra. Los que necesitan del convencimiento todavía creen que el Reino está distante; no, no lo está. Juan el Bautista lo anunció cuando el Cordero de Dios estuvo cerca, allí en las aguas del Jordán. Jesús lo instauró con su sangre derramada sobre un madero; entrando a la tumba, bajando a los infiernos y arrojando allí nuestras culpas; y, finalmente, resucitando gloriosamente al tercer día.
Ese Reino tampoco es nuevo, sino que fue instaurado en la Creación, teniendo como epicentro al Árbol de Vida, en el mero centro del Edén (Génesis 2:9, Apocalipsis 2:7, 22:2). Sólo que nuestro Señor vino a la tierra en persona para restaurarlo juntamente con los que tienen el don de la Convicción. ¡Sería una gran victoria que tú seas uno de éstos!
¡Bendiciones de lo Alto!
Moisés Rosario
MARCAS Y SEÑALES DE LOS SANTOS
Por Moisés Rosario
Domingo 22 de febrero, 2015.